27 mar 2026 > 05 jul 2026
Para que podamos vivir
La Laguna, 1968–1983
El museo TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge la exposición Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983. Esta muestra, comisariada por el equipo de TEA junto a Juan Albarrán, Daniasa Curbelo y Servando Rocha, podrá visitarse hasta el 5 de julio.
Sala A
Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983
Es significativo que La Laguna, uno de los principales focos de agitación cultural y política de Canarias durante los últimos años de la dictadura y la Transición, haya sido interpretada sobre todo desde perspectivas patrimoniales y turísticas. Esta mirada privilegió la imagen de ciudad colonial histórica, asociada a su trazado y a su valor arquitectónico. Sin embargo, esa representación contrasta con la intensa vida urbana que la convirtió en un escenario de movilización política y creatividad cultural. La Laguna simboliza una mitología colectiva, un lugar de memoria marcado por el conflicto generacional y el cuestionamiento de las estructuras heredadas, donde la dictadura franquista daba sus últimos estertores mientras lo nuevo emergía.
Fechas: 27/03/2026 > 05/07/2026
Ubicación: Sala A (Planta 2) consulta el mapa
Martes a domingo de 10.00 a 20.00 h
Lunes cerrado, excepto festivo
14
Ramón Díaz Padilla, Coordinadora de las S.E.A.T.O
24
Antonio Rueda. Acto de inauguración del parque infantil en el barrio de El Cardonal (1974). Fondo fotográfico Antonio Rueda Colección Archivo Municipal de La Laguna
Antonio Rueda. Final autopista, 1973. Fondo fotográfico Antonio Rueda. Colección Archivo Municipal de La Laguna
34
Antonio Rueda. Temporal Bajamar, 1977. Fondo fotográfico Antonio Rueda. Colección Archivo Municipal de La Laguna
Antonio Rueda. Montaña de Taco, 1980. Fondo fotográfico Antonio Rueda Colección Archivo Municipal de La Laguna
44
Fechas: 27/03/2026 > 05/07/2026
Ubicación: Sala A (Planta 2) consulta el mapa
De martes a domingo, de 10:00 a 20:00 horas
Mixto
27 mar 2026 > 05 jul 2026
Para que podamos vivir
La Laguna, 1968–1983
El museo TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge la exposición Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983. Esta muestra, comisariada por el equipo de TEA junto a Juan Albarrán, Daniasa Curbelo y Servando Rocha, podrá visitarse hasta el 5 de julio.
Sala A
Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983
Es significativo que La Laguna, uno de los principales focos de agitación cultural y política de Canarias durante los últimos años de la dictadura y la Transición, haya sido interpretada sobre todo desde perspectivas patrimoniales y turísticas. Esta mirada privilegió la imagen de ciudad colonial histórica, asociada a su trazado y a su valor arquitectónico. Sin embargo, esa representación contrasta con la intensa vida urbana que la convirtió en un escenario de movilización política y creatividad cultural. La Laguna simboliza una mitología colectiva, un lugar de memoria marcado por el conflicto generacional y el cuestionamiento de las estructuras heredadas, donde la dictadura franquista daba sus últimos estertores mientras lo nuevo emergía.
Esta contradicción invita a reconsiderar la ciudad no solo como conjunto histórico, sino como un territorio vivo atravesado por procesos sociales, políticos y culturales complejos. Esta memoria cultural, política y social de La Laguna permite inscribir algunas de las obras de la colección del museo en el contexto en el que se produjeron o exhibieron, un ecosistema urbano definido por la experimentación artística, la participación ciudadana y la transformación del espacio público.
El recorrido se inicia en 1968, año de especial relevancia histórica a escala global, cuyo eco también alcanzó Canarias. Ese año, además de los ecos de las revueltas estudiantiles del conocido como “Mayo del 68” francés, ocurrieron los sucesos de Sardina del Norte, convertidos en símbolo de la conflictividad obrera en el archipiélago y de la creciente politización social durante los últimos años del franquismo. La fecha se inscribe además en un contexto internacional de descolonización y reconfiguración geopolítica, marcado por acontecimientos como la independencia de Guinea Ecuatorial o el auge del panafricanismo para el que el Festival de Argel de 1969 fue un acontecimiento fundamental. En las islas, estas transformaciones se combinaron con un desarrollo económico que intensificó las tensiones entre planificación urbana y crecimiento demográfico. El aumento demográfico y la ampliación hacia las periferias impulsaron la aparición de nuevos barrios y rebosaron los límites del casco histórico lagunero, transformando la antigua ciudad no fortificada en un espacio desbordado.
Durante esta etapa, La Laguna se convirtió en un territorio atravesado por dinámicas aparentemente opuestas, de repliegue y expansión. Por un lado, fueron tiempos de exilio, movilización política y encierros entendidos como gesto de protesta. Las ocupaciones universitarias, las huelgas obreras, las luchas vecinales y otras formas de resistencia convirtieron el repliegue en una estrategia colectiva frente al poder. La Universidad de La Laguna se consolidó como escenario de esta tensión, funcionando simultáneamente como centro de organización política, confrontación con el aparato represivo y formación de nuevas sensibilidades críticas a través de sus actividades.
Por otro, la intensa actividad política y cultural impulsó la circulación de iniciativas musicales y artísticas que superaron los límites del casco histórico y de las instituciones tradicionales. En este contexto, la ciudad se transformó en objeto de imaginarios provocadores y críticos. El grupo Escorbuto Crónico, surgido a finales de los setenta como parte del punk canario, condensaba ese malestar generacional en la consigna: “La Laguna debe morir para que nosotros podamos vivir”. Más que una negación literal, la frase expresaba la necesidad de romper con una imagen petrificada del pasado y abrir paso a nuevas formas de vida urbana.
En paralelo, instituciones de larga trayectoria, como el Ateneo de La Laguna o el Orfeón La Paz, coexistieron con la aparición de espacios que introdujeron dinámicas innovadoras. Destacó especialmente la Sala Conca, inaugurada en 1971. Su actividad se extendió pronto a otras islas, convirtiéndose en uno de los núcleos más activos de renovación artística del archipiélago. En torno a este espacio y al clima de efervescencia cultural se configuró lo que, de manera discutida, se ha denominado la “generación de los setenta”. Aunque el término sigue siendo objeto de debate historiográfico, designa a un conjunto heterogéneo de artistas y prácticas que compartieron un momento de experimentación y apertura estética. La actividad de Conca contribuyó decisivamente a visibilizar estas nuevas propuestas y a vincular Canarias con circuitos artísticos más amplios.
El arco temporal de la exposición concluye en 1983, en un contexto marcado por la consolidación del sistema autonómico en Canarias y la redefinición de las políticas culturales del archipiélago. Ese año también cierra un ciclo en la Sala Conca, con la marcha de los artistas vinculados al proyecto originario, poniendo fin a una etapa especialmente intensa de la vida artística y cultural lagunera.