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28 mar 2019 > 02 jun 2019

'Jardín salvaje', de Marina Núnez

TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge la exposición Jardín salvaje, de Marina Núñez. La muestra, comisariada por Yolanda Peralta, se puede visitar en este centro de arte contemporáneo hasta el 2 de junio, de martes a domingo de 10:00 a 20:00 horas.

Marina Núñez. Jardín Salvaje 

El lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza y el modo en que se relaciona con esta resulta contradictorio y hasta cierto punto ambiguo.  Desde la religión, la naturaleza fue concebida como una obra de Dios y por tanto debía ser respetada. La titularidad y el dominio del mundo -y de la naturaleza- le correspondía a Dios, centro de todo el Universo. Con posterioridad se producirá la separación entre los humanos y los animales, y la naturaleza, sin el ser humano, fue entendida como algo sin valor, una propiedad y una posesión que podía ser explotada de forma ilimitada con el único fin de servir a los intereses de sus habitantes. El ser humano se ha sentido insignificante en el Universo pero también ha creído ser el centro del mismo; se ha percibido en conexión con la naturaleza y ha querido conocerla para saber dónde situarse como especie, pero a su vez ha ansiado su dominio y control.

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Fechas: 28/03/2019 > 02/06/2019

Ubicación: Sala B consulta el mapa

Abiertos de martes a domingo de 10 a 20h.

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Marina Núñez

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Fechas: 28/03/2019 > 02/06/2019

Ubicación: Sala B consulta el mapa

Abiertos de martes a domingo de 10 a 20h.

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28 mar 2019 > 02 jun 2019

'Jardín salvaje', de Marina Núnez

Marina Núñez

TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge la exposición Jardín salvaje, de Marina Núñez. La muestra, comisariada por Yolanda Peralta, se puede visitar en este centro de arte contemporáneo hasta el 2 de junio, de martes a domingo de 10:00 a 20:00 horas.

Marina Núñez. Jardín Salvaje 

El lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza y el modo en que se relaciona con esta resulta contradictorio y hasta cierto punto ambiguo.  Desde la religión, la naturaleza fue concebida como una obra de Dios y por tanto debía ser respetada. La titularidad y el dominio del mundo -y de la naturaleza- le correspondía a Dios, centro de todo el Universo. Con posterioridad se producirá la separación entre los humanos y los animales, y la naturaleza, sin el ser humano, fue entendida como algo sin valor, una propiedad y una posesión que podía ser explotada de forma ilimitada con el único fin de servir a los intereses de sus habitantes. El ser humano se ha sentido insignificante en el Universo pero también ha creído ser el centro del mismo; se ha percibido en conexión con la naturaleza y ha querido conocerla para saber dónde situarse como especie, pero a su vez ha ansiado su dominio y control.

Estas contradicciones, que parecen marcar la relación de la humanidad con la naturaleza, son el punto de partida de la exposición Jardín salvaje de Marina Núñez, un título que es también una contradicción en sí misma: ¿es posible la existencia de un “jardín salvaje”? El jardín simboliza la naturaleza domesticada y aquello que denominamos “salvaje” no permite control ni dominación. ¿Realmente existe algún lugar en la Tierra que no haya sido tocado por el ser humano, en definitiva, no domesticado? Jardín salvaje parte, por tanto, de una ficción, un deseo y un fracaso. La ficción que supone creer que todavía existen lugares en la naturaleza que podemos considerar salvajes porque no han sido alterados y modificados, una idea que nos atrae pero que, lejos de ser una realidad, se torna en una utopía. El deseo del ser humano por controlar y dominar la naturaleza, la Tierra, la vida, el Universo, derivado de un primigenio afán de conocimiento que con el tiempo se convirtió en una obsesión: entender el mundo, primero desde la religión y más tarde a través de la ciencia, llevaría a la humanidad al autoconocimiento, pero la falta de empatía, la desconexión y la distancia hicieron posible la dominación. Y por último, el fracaso que deriva de los intentos de explotación, control y domesticación de la naturaleza y a su vez del choque entre las fuerzas naturales incontrolables y los avances tecnológicos imprevisibles, con efectos y consecuencias para el planeta pero también para sus habitantes: la colonización de paisajes, la transformación, alteración y modificación de ecosistemas unido a un irreversible proceso de destrucción de los mismos, pero también los experimentos fallidos que han escapado a nuestro control.

Marina Núñez nos alerta de la necesidad de replantearnos a nivel simbólico nuestra relación con la naturaleza, entendiendo esta como un espacio vital para el ser humano en la línea de lo que ya, en pleno siglo XVII, defendía la naturalista, entomóloga y pintora Maria Sibylla Merian, creadora de una serie de ilustraciones en las que mostraba a animales y plantas en comunidades, relacionándose y conectados entre sí, -en una época en la que tradicionalmente las especies se representaban separadas unas de otras- reflejando una realidad: la unión de lo vegetal y lo animal, en armonía, formando parte de un todo indisoluble. Quizás, como parece sugerir la videoproyección que cierra la exposición, esto sería posible si el ser humano se situara al mismo nivel que la naturaleza, no por encima de ella y conectara con el mundo vivo desde la empatía, el arraigo y el vínculo, en relaciones de igualdad y respeto, con una perspectiva de lo humano más allá del antropocentrismo y una noción de identidad basada en nuestra relación con el medio natural. 

[Texto de Yolanda Peralta Sierra, comisaria de la exposición]

 

 

 

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